Supongamos que te levantas una mañana y tras haber remoloneado unos 5 o 10 minutos entre las sabanas decides enfrentar este nuevo día que se te presenta. Buscas con los pies las zapatillas de andar por casa y te levantas, antes de nada te diriges cual yonqui a por la primera taza de café del día. 

Después de haber desayunado mientras escuchabas tu programa de radio matutino te diriges al baño. Haces de vientre mientras tu pulgar derecho se apropia de tu tiempo y realiza un indiscriminado scroll-down. Cuando terminas tiras de la cadena. Pero no funciona. Vuelves a intentarlo, porque las opciones de arreglarlo por ti mismo son inexistentes, y tu área de actuación se limita a volver a apretar el botón con más fuerza o varias veces pero más rápido. 

¿Por qué? Porque no tienes ni idea de como funciona una cisterna por dentro. ¿Porqué? Pues por una sencilla razón; porque nadie te lo ha explicado. 

Bien, te diriges a levantar a tu pareja, si es que tienes y le dices que la cadena no funciona. Él o ella te contesta que lo dejes así, que ya se arreglará. A ti como es normal, te da bastante vergüenza dejar tu mundo interior ahí a la vista. Entonces, vas, coges un cubo de agua y lo  lanzas para que las heces desaparezcan. Pero no olvidas, que aunque hayan desaparecido momentáneamente, la cisterna sigue sin funcionar. 

Al final del día vuelves de trabajar y le preguntas a tu pareja si ha llamado el fontanero. Él o ella te contesta que no. Que le da pereza llamar. Tú estás de acuerdo en que es cierto, da mucha pereza llamar. Así que asientes y ponéis esa serie de Netflix que tan enganchados os tiene. 

Por el momento habéis superado el primer día sin cisterna tirando cubos de agua para que todo aquello que no queréis que se vea se acumule en tuberías internas. Los dos seguís con vuestra vida como si tuvierais una cisterna que realmente funciona. De hecho, seguís con la técnica cubos de agua durante una temporada, pero llega un día en el que esa técnica deja de funcionar. 

Entonces ese día volvéis a sacar el tema de llamar a un fontanero. Pero llegáis a la conclusión de que el fontanero es realmente caro, tiene unas tarifas que realmente no podéis asumir. Sin embargo, esa noche salís a cenar a un restaurante japonés que recomiendan las últimas tendencias gastronómicas y luego tomáis un par de copas en el sitio de moda de la ciudad. 

Al cabo de unos días veis que las heces así como otras sustancias comienzan acumularse en la cisterna de vuestra casa, y que quizá no os queda otra que llamar al fontanero. Pero encontráis una nueva excusa; os entra desconfianza de si al fontanero que llaméis sabrá arreglar la cisterna o si, por el contrario, solo os querrá sacar la pasta. 

Empezáis a utilizar el baño del bar de abajo porque es insostenible seguir usando ese baño. Supongo que no hará falta aclarar la imagen gráfica que a todos nos viene a la cabeza. El olor empieza a instalarse por todos los rincones de vuestro hogar, incluso lo lleváis impregnado en la ropa con la que vais a trabajar. Y la gente comienza a percatarse de que algo huele mal. 

Un poco desesperados y arrepentidos por no haber llamado al fontanero la primera vez, os auto justificáis argumentando que el fontanero quizá no hubiese sabido arreglarlo ni siquiera al principio porque igual vuestra cisterna era diferente a las demás. Finalmente acabáis admitiendo que os da mucha vergüenza, ahora que rebasa la mierda, llamar al fontanero. 

Realmente no te has sentido identificado con nada de esto porque cuando la cisterna no va, llamas al fontanero porque no quieres que la mierda se acumule. 


¿Por qué no hacemos lo mismo cuando tenemos que llamar al psicólogo?